Y de ese “yo” participa lo humano, simplemente por no ser sólo (una) gota. Sin embargo, no hay incomunicación: hay marea. ¡Existen las mareas!, y el mar recurre a ellas para contactar con las mujeres y los hombres de sus playas y calas. La marea sube y baja, las olas vienen y van. Resulta que la tempestad precede a la calma, que la calma preocupa cuando es “chicha” y que con oleaje se disfruta más. La vida del mar me comunica la vida de Dios. Un Dios de Vida, con más fondo que superficie. Toca mojarse, para después remojarse. Bucear en los compromisos, navegar sobre las decisiones. Otear las opciones, surfear los imprevistos…
Pero, antes de adentrarse completamente… ¡la marea!. La marea marca el límite entre el mar y la tierra. Pero es límite inestable y dinámico, algo travieso. Continuamente va cambiando. Cuando baja la marea, el agua se aleja. Se retrae el mar y la arena permanece seca. Entonces, el hombre percibe a Dios distanciado pero, en realidad, está muy cerca. Apenas unos pocos metros, o quizá unos pocos más. Basta aproximarse y, de nuevo, ya otra vez en el mar. Pero otras veces, la marea sube y el agua llega. La ola se desparrama con generosidad y su arena se humedece. Inundado queda cada diminuto grano. Regresa Dios al hombre sin haberse ido nunca. Nunca antes Dios y Su hombre tan juntos. Nunca mejor el hombre y su Dios en contacto. Y no por ello menos inestable. Y no por ello estático.
Así las mociones, con su colección de motivaciones e intenciones. Semejante es el recorrido espiritual, tanto en los tramos aparentemente secos de Dios como en las huellas estampadas claramente en su humedad. Y es que Dios moja… ¡pero no ahoga! Considera el mar. Vive tu porción de playa. Sé su arena. Porque Dios no marea, sino que… ¡también puede ser marea! Y, precisamente así, fluye Dios. Y te (in)fluye.
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